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Nuestro pasado como punto de partida para contribuir desde la educación a la formación de ciudadanos


Iván Aguilera Tellez.

Hablar de educación es hablar de un proceso evolutivo complejo, multidinámico y cambiante día con día, donde diversos agentes intervienen. Las preocupaciones que están en el trasfondo de este trabajo sin duda, son cuestiones que recuperan las categorías de los griegos, en relación con la democracia y su necesaria vinculación con la educación, pues considero que la educación en sí misma encierra el proceso de reflexionar, pensar y sentir de manera distinta en busca de un beneficio individual y colectivo; si hablamos de un sistema democrático de amplió sentido. Ellas conforman el telón de fondo de mis reflexiones, por lo que no pretendo hacer un estudio exhaustivo de tales conceptos, ni un análisis de propuestas teóricas de Platón o Aristóteles (o algún otro griego), pero si considerar sus concepciones para hablar del proceso evolutivo de la educación.

La propuesta teórico-política de la antigüedad clásica funge como referente de las inquietudes que como ciudadanos comunes nos mueven a pensar constructivamente desde aquella polís que nos refieren en Paideia con la única idea y/o intención de pensar un mundo mejor y una sociedad realmente democrática; esa propuesta es la que hemos de seguir considerando para hacer evolucionar de manera equilibrada y creativa nuestro sistema político y con él y en el, nuestro sistema educativo, y es aquí dónde me surge una pregunta, ¿cómo hacer para que los procesos democráticos apuntalen a garantizar una democracia firme y duradera en todas las esferas constituyentes de esta sociedad?; ¿cómo garantizar que nuestro sistema educativo sea democrático? . Sin lugar a dudas, la respuesta desde la práctica diaria apuntala necesariamente a la realización y planificación de una educación ciudadana para formar responsablemente a sus miembros en aras de procurar sus derechos y obligarse a cumplir sus deberes en el contexto político en el que se encuentren.

Los procesos de enseñanza-aprendizaje de cualquier ser humano son constantes en su vida, la educación y formación son pilares en la consolidación de un ser social. La educación es un hecho social cuya importancia resulta indiscutible si recordamos que todos los seres humanos, en todos los momentos de su vida, están sujetos a ella, en las actividades sociales, o en aquellas en que intervienen las instituciones educativas (Bolaños, 1996) en todo proceso se encuentra el hecho de aprender.

En el Universo teórico de Aristóteles, el fin último de la educación es la felicidad. Significa esto que el objetivo del sistema educativo de un país, desde el nivel pre-escolar hasta el superior, debe ser el de formar ciudadanos razonables, reflexivos, capaces de garantizar la convivencia social. Por ello la calidad de la educación se mide en el tipo de sociedad que tengamos, en la clase de individuos que la constituye. Miremos y pensemos en nuestro sistema .-cualquiera que este sea- y lo que pasa en el….

La educación es el único instrumento de las sociedades para transformar a los individuos. Transformar aquí, significa hacer de ellos ciudadanos comprensivos que integren una sociedad armónica y civilizada.

Para Aristóteles, la felicidad se genera a partir de las virtudes alcanzadas mediante el ejercicio de la razón, es decir, el término medio la proporcionalidad. La educación integral es el medio que induce al estudiante a desarrollar su capacidad reflexiva; lo convierte en un ser razonable, feliz. La felicidad, entonces, consiste en ganar una conciencia tranquila después de haber actuado con justa razón en los diferentes escenarios que nos impone la cotidianidad y cuando se habla del uso de la razón en cada uno de nuestros actos se habla de implementar la justicia, la equidad, la comprensión, la tolerancia, la prudencia (valores de una democracia por definición). La educación debe formar hombres felices. La felicidad es producto de los actos virtuosos, que no son otros que aquellos regidos por las luces de la razón y la sensatez. Entonces, no hay magia, sólo una educación acorde a un ser sociocultural, social, humano, político. La virtud es una elección, nos indica Aristóteles que equivale a un modo de ser selectivo. El hombre virtuoso escoge lo mejor, sin perjuicio propio ni ajeno. Frente a los placeres y las pasiones debemos tener como fortaleza la templanza, que equivale al equilibrio, a la proporción, a fin de evitar el desbordamiento, el exceso, pero también la escasez, el defecto. La educación debe alcanzar la formación de un estudiante virtuoso, que asuma con responsabilidad los diferentes roles que le impone su condición de ser social.

Un rol no es una máscara, sino un compromiso que el individuo acepta en su calidad de actor social.

El saber.

Detrás de todo saber se erige la concepción del hombre, su bienestar. Todo saber se construye a partir del propósito de contribuir al desarrollo del ser humano. El objeto de la educación se centra en la construcción del conocimiento, que se tecnifica al ser aplicado, siempre en beneficio del hombre tanto como individuo como ser social. En esta dirección corre el carácter integral de la educación. La educación integral instruye al estudiante, lo adiestra en la tecnificación del conocimiento para que lo pueda aplicar efectivamente en sus campos de actuación, siempre apuntando hacia el desarrollo material y espiritual y ambiental del ser humano como objetivo fundamental de la nueva era (siglo XXI). Lo tecnológico implica la aplicación de la ciencia, del conocimiento científico, en la transformación de la realidad en busca del desarrollo del hombre. Aquí se incluye la variable que Jhon Dewey aporta al campo de la enseñanza, pues él le asigna un inmenso valor a la práctica del maestro. Piensa al maestro desde su relación con el conocimiento, convertido en un hacer en la enseñanza. "El contenido científico de la educación consiste en cualquier materia de estudio, seleccionada de otros campos, que capacite al educador, sea director o maestro, para ver y pensar más clara y profundamente sobre lo que está haciendo." (Dewey, 2009). En este punto, podría decirse, se produce el encuentro entre la ciencia y la enseñanza. Enseñar no es replicar o ejecutar los contenidos de un programa escolar, enseñar para Dewey, es transformar estos contenidos para el conocimiento, la vida y la acción. En la construcción de la ciencia de la educación, Dewey asigna un inmenso valor a la práctica del maestro. La piensa desde su relación con el conocimiento; por ello es importante reparar en la formación y el estilo de enseñanza que posee el docente.

Cuando se suplen estos aspectos en la escuela se puede hablar de una educación integral. Cuando el niño empieza su escolaridad, lleva en sí cuatro “impulsos innatos –el de comunicar, el de construir, el de indagar y el de expresarse de forma más precisa”– que constituyen “los recursos naturales, el capital para invertir, de cuyo ejercicio depende el crecimiento activo del niño” (Dewey, 1899, pp. 30). Si los maestros enseñaran de esta forma, orientando el desarrollo del niño de manera no directiva, tendrían que ser, como reconocía Dewey, profesionales muy capacitados, perfectamente conocedores de la asignatura enseñada, formados en psicología del niño y capacitados en técnicas destinadas a proporcionar los estímulos necesarios al niño para que la asignatura forme parte de su experiencia de crecimiento.

Dewey es un referente que aporta a la idea de ciudadanía moderna, donde se le asigna a la escuela la responsabilidad de formar un carácter ciudadano. La formación del carácter del niño, se basa en crear un programa moral y político escolar, pero en el caso de Dewey este aspecto de su teoría y práctica pedagógicas no fue menos explícito, aunque bastante menos radical, que el resto de los objetivos asignados al programa de estudios basados en la experiencia. Dewey no dudaba en afirmar que “la formación de un cierto carácter” constituía “la única base verdadera de una conducta moral”, ni en identificar esta “conducta moral” con la práctica democrática (Dewey, 1897b).

Esta educación vuelve competitivo al individuo, entonces ahora si es un ser con competencias, útil a la sociedad y así mismo, pero también transforma la cultura, el sistema de conocimientos que los miembros de una sociedad han logrado internalizar de sus experiencias.

Lo moderno y la educación y su evolución.

En términos de José Silvio. La humanidad (UNESCO, 2000) se mueve en un contexto complejo que representa un cambio de paradigma cuya principal característica es una nueva sociedad en gestación y aunque se puede hablar de nuevas tecnologías, nuevos valores y nuevas formas de pensar, sentir y actuar tanto local como globalmente; aún no es posible saber con exactitud cuáles son las características de esta nueva sociedad llamada de la información y el conocimiento, misma que día a día sé reinventa (Pierré, 1999). Con la intención de desmitificar y de contribuir a la toma de conciencia de los retos que implica el movimiento de una sociedad que cambia y se renueva profundamente, Ollivier, Miége, Lévy y Silvio, coinciden en que las características antes mencionadas (también señaladas por Castells) son algunos de los rasgos de esta nueva sociedad; sin embargo, no dan argumentos para afirmar que todo cambia, pues advierten que muchas de ellas son constantes en la historia de la humanidad y que otras no son nuevas sino que se están actualizando. Pero esto tampoco lleva a asegurar que nada cambia, tal vez el elemento que distingue el antes y el después es la velocidad porque nunca se habían observado de manera evidente cambios tan acelerados y en tantos lugares al mismo tiempo (aunque es conveniente analizar particularidades en los países porque el cambio no es homogéneo, ni simultáneo ya que sigue habiendo marginados de este proceso gradual).

Decidí usar el término de Sociedad del Conocimiento por estar de acuerdo con Bruno Ollivier en el sentido de que es el conocimiento lo que hoy día determina el lugar de cada individuo en la sociedad; más que la información, pues está se encuentra aparentemente a disposición de todos, pero no todos cuentan con los conocimientos para acceder a ella. El conocimiento y el cómo acceda a él será determinante para la vida, pues el reto de las escuelas en sociedades como la nuestra es ofrecer diversas maneras de acceder a la información para transformarla en conocimiento y así resolver, reconfigurar y rehacer procesos de la vida misma en sociedad. Al momento de cuestionar y preguntar desde todas las inteligencias inherentes al Ser humano, se permite encontrar la posibilidad de transformar no desde la culpa, no desde sólo contradecir o no aceptar y si desde la convicción de generar cambios y patrones de convivencia y desarrollo que te permitan ser feliz y hacer feliz a los demás, en una idea utópica de tranquilidad y congruencia profesional. Aquí cabe a bien preguntarnos, ¿será posible “enseñarle” a nuestros alumnos a ser felices?; ¿debemos incluir la felicidad en el perfil de nuestros egresados de educación básica o de la educación en general?

Considero, que si no tenemos como meta el que nuestros estudiantes aprendan a ser felices…¿servirá todo lo que les enseñamos? (OEI, 2001). Si partimos de que la felicidad no es eterna, ni constante, entonces reforzamos la idea de que ésta se construye de manera permanente y de manera compleja y correlacionada con y para uno mismo y con y para los demás. Aristóteles desde la antigüedad proponía con respecto a la felicidad, la cual se genera a partir de las virtudes alcanzadas mediante el ejercicio de la razón; y esto se desarrolla a través de la educación integral, pues es la que induce al estudiante a desarrollar su capacidad reflexiva; lo convierte en un ser razonable, feliz. La felicidad consiste en ganar una conciencia tranquila. La educación debe formar hombres felices. (Werner, 1974)

A partir de lo anterior, nos queda claro que necesitamos de metodologías complejas que nos ayuden a incrementar la calidad de nuestro trabajo y en consecuencia los resultados del mismo en todos los ámbitos, pero especialmente en lo social.

La nueva educación no puede ni debe evadir los cuestionamientos humanos impuestos irremediablemente en nuestro vivir, el tema de la educación y la formación integral –ciudadana- es obligado. El asunto de la formación integral nos plantea una veta por demás complicada, pero ineludible, porque es justamente en los espacios educativos donde se gestan y se presentan los problemas, y de ahí también habrán de surgir las soluciones. Desde este núcleo clave se deben hacer diagnósticos para justificar sus límites y sus alcances, así como sus necesidades y prerrogativas, seguimos hablando de la relevancia educativa a través de una política de estado y sus instituciones.

Argumenta Warner Jaeger (1974) que la estructura de una sociedad descansa en leyes y normas escritas y no escritas, a ello podemos aumentar que los ciudadanos nos vamos definiendo mediante las interacciones con los demás, ahí vamos construyendo las identidades individuales y colectivas dentro de un determinado sistema normativo de convivencia, incluso de participación, y ese sistema se enmarca en las perspectivas educativas de cómo hemos de intentar ser en los espacios políticos, sociales, culturales, económicos, etc. así como el modo de reflexionar sobre cuáles han ser las metas de ese proceder educativo democrático. Así que, acelerar el camino en el que nuestra democracia se encuentra ha de ser únicamente con la valorización y el replanteamiento de elementos educativos y por ende formativos en relación con el tema de desarrollo integral.

Si bien es cierto que, las diferencias entre ese mundo griego y el que vivimos actualmente son muy marcadas en tiempo y espacio; en forma y fondo; en cantidad y calidad, ect; no se debe perder de vista que la riqueza de los conceptos que nos hereda esa cultura tiene relación con temas que continúan siendo centrales para nosotros y seguramente generaciones venideras. No podemos prescindir de la historia para mirar al futuro, aunque es claro que tenemos que resignificarlos, replantearlos y redefinirlos desde nuestro propio contexto para escribir y cambiar nuestra propia historia.

De los conceptos heredados hay dos que fungen como puntos detonantes. Por un lado, la educación o paideia y por el otro, la democracia, por ser una relación que ha de mantenerse para poder pensar en una mejor situación de las cuestiones políticas actuales que engloban todo lo demás y que nos comprometen como maestros con nuestro entorno y nuestra comunidad. Pensar en fortalecer la democratización y sus procesos obliga necesariamente a reflexionar sobre la tarea requerida en el rubro de educación. Tales cambios se van gestando en los ciudadanos de manera vital y necesaria, de modo que retomar paideia de los antiguos nos da luces para comprender e iluminar nuestro futuro, pensar desde posibles maneras para reforzar e impulsar el proceso democrático en su fase constructiva, tal vez desde una reflexión, apropiación y construcción de los planes y programas de estudio que tiene nuestra nación, desde la creatividad y la intención de ser y vivir mejor cada día.

El papel que han de jugar los procesos educativos recae necesariamente en la vida cívica y las competencias estandarizadas que se viven y enseñan en el aula y en la casa. En tales procesos las personas se forman con la conciencia de convivir con los demás mediante la creación de valores cívicos (éticos) y categorías reconocidas por los miembros y que articulan sus quehaceres comunes y consecuentemente políticos en aras de construir el bien común.

Se puede apreciar así que la urgencia educativa de intervenir de manera sustancial en todos los procesos es inmediata, aunque sabemos cuán difícil resulta la promoción de cambios. Estas inquietudes fueron definidas en un inicio por los griegos como elementos centrales de la misma política. La paideia formaba parte del ingrediente vivificador y constituyente de la sociedad griega que los romanos refrendaron[1] de manera importante centrado sus preocupaciones en lo educativo, que se lograba en la esfera pública. Así también otros actores de la escena educativa proponen y diseñan un sistema educativo de vanguardia donde los operadores de dicha política son y han sido históricamente los maestros. Por ello, el papel que juegan los procesos educativo-formativos de lo que han de ser los ciudadanos verdaderos han de construirse en estos difíciles momentos por lo que atraviesan muchas sociedades.

Considero que sólo mediante los procesos de educación se pueden garantizar un cambio en todas las esferas del ser humano. La formación educativa o paideia, como la llamaron los clásicos griegos, alude a los seres humanos en si mismos; es una creación de humanos y por ende, modificable por nosotros mismos. Los griegos y ahora los científicos modernos de países como Finlandia vieron y ven que la educación debe ser también un proceso de construcción y no de destrucción consciente y humano, por lo que Platón tenía razón cuando habla de la acción educadora, lo que la palabra alemana Bildung[2] significa, es decir, entendida como la formación de las personas en su más profundo sentido. La paideia se consideraba como un modelo integral de lo humano, de lo que si somos, de ahí que su base sea el humanismo que significó “la educación del hombre de acuerdo con la verdadera forma humana”[3], lo que muestra la inseparable necesidad de vincular la educación y el modo de conformación político de donde se desprende el modo económico y cultural. Así la meta de la educación es alcanzar metas compartidas por la comunidad, trabajando desde la escuela una racionalidad crítica y plural que fomente la procuración de los derechos humanos y la capacidad de ponerse en el lugar del otro para desarrollar una tolerancia real y positiva al momento de convivir. Si estos elementos son aprendidos y vividos como valores y/o ideales es factible pensar que la democracia y todo lo que le caracteriza pueda lograrse. Creo, que la única manera de defenderse ante las imposiciones sutiles de los discursos totalitarios y consumistas e individualistas y globalizadores es mediante el reforzamiento de la acción bajo un pensamiento crítico y reflexivo desde el individuo y para la comunidad que le rodea a nivel micro y macro.

[1] Véase. Platón, La República; Aristóteles, Política y ética Nicomaquea; Cicerón, de la República.

[2] Werner, Jaeger, Paideia, México, FCE, 1974, p.p. 11.

[3] Ibid, p.p. 12

Bibliografía

AMARO, Chacin, El docente, un líder transformacional, El Nacional, Ventana Educativa, Año 1. Edición 4. Septiembre 2003

ARISTOTELES, Política y ética Nicomaquea; Cicerón, de la República.

DEWEY, JHON, Democracia y escuela, Popular, 2009.

MORIN, Edgar, Los siete sabes necesarios para la educación del futuro. México, UNESCO.

OCDE, Establecimiento de un marco para la evaluación e incentivos docentes. Consideraciones para México, 2011. http://www.oecd.org/education/school/46216786.pdf

OEI. Metas Educativas 2021: la educación que queremos para la generación de los bicentenarios. En línea: http://www.oei.es/metas2021/libro.htm

PLATÓN, , La República en obras completas, Madrid, Aguilar; 1974

Principal de Educación, Santiago. 1992

UNESCO. La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional

WALLERSTEIN, Immanuel, Análisis del Sistema-mundo, Siglo XXI, México, 2005.

WERNER, Jaeger, Paideia, México, FCE, 1974


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