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Habilidades para el siglo XXI post COVID-19

Facundo Manes.


La pandemia del COVID-19 ha obligado a cerrar escuelas y suspender clases presenciales. Millones de niños, niñas y adolescentes en edad escolar alrededor del mundo vieron interrumpidas o trastocadas sus rutinas cotidianas y las circunstancias nos han obligado a maniobrar rápidamente para poder dar respuesta a un derecho esencial que no puede darse el lujo de cerrar: la educación.

Las desigualdades que azotan a la región latinoamericana tienen, por supuesto, un correlato en lo educativo y esto se ve hoy agravado por las dificultades de acceso a la tecnología y a la conectividad para poder sostener las nuevas rutinas de “presencialidad digital” en las aulas virtuales.

Todo parece indicar que nos encaminamos a un modelo de enseñanza híbrida que combine lo presencial con las alternativas digitales, tomando lo mejor de ambos mundos. El contexto nos obliga a superar el miedo a la “deshumanización” ya que solo sería un riesgo si pensáramos en reemplazar completamente las aulas con inteligencias artificiales o dispositivos tecnológicos. Las capacidades humanas son y seguirán siendo irremplazables, pero las tecnologías son una enorme ventana de oportunidades para aprender y compartir nuestro aprendizaje.

Hoy más que nunca resulta evidente la necesidad de mejorar la alfabetización digital de toda la población no solo para educar y educarse sino también porque hoy hace la diferencia entre poder o no contar con atención médica a distancia, operar en las bancas online, realizar trámites de forma remota.

Nuestro cerebro está adaptándose permanentemente al contexto, cambiando, generando miles de conexiones nuevas. Es un órgano plástico y se modifica con cada nuevo aprendizaje, hasta el último día de nuestra vida. Por eso, tenemos que aprender cosas nuevas siempre. Todos debemos de alguna manera “volver a la escuela”. Aprender protege al cerebro y es además inspirador: la curiosidad y la motivación por seguir aprendiendo no pueden imponerse por la fuerza, pero sí pueden contagiarse con el ejemplo.

Hace tiempo venimos hablando acerca de cómo estamos transitando una nueva revolución industrial, aún más arrolladora que las anteriores ya que no solo trasformará lo que hacemos sino lo que somos. Se trata de la fusión de esferas entre lo físico, lo digital y lo biológico. Estos son algunos ejemplos de los que ya somos testigos: interface cerebro-computadora, avances en la biotecnología, robots invencibles para diversos retos, autos que se manejan solos, drones que controlan extensas tierras sembradas y recolectan información para trabajar sobre ellas. Así, la inteligencia artificial, la medicina digital, las impresoras 3D, la nanotecnología, la energía renovable y la realidad virtual forman parte de las tareas cotidianas de infinidad de personas.

La combinación de esta nueva revolución industrial y el contexto post-pandemia acelerarán los cambios en las habilidades que son consideradas fundamentales para adaptarse a los cambios. Esto nos plantea enormes desafíos a nivel educativo y laboral, especialmente para los jóvenes. Necesitamos acompañarlos a adquirir habilidades para conseguir y desarrollarse en empleos que todavía no se han creado, ya que las nuevas tecnologías también generarán nuevas formas de trabajo. Muchas de estas habilidades son ya imprescindibles en la actualidad mientras que otras van ganando terreno.

Este panorama no debe desalentarnos, sino más bien impulsarnos a pensar los cambios urgentes que necesitamos en los procesos de formación de las personas y las comunidades. Por ejemplo, el conocimiento enciclopédico y las memorias prodigiosas dejarán lugar a nuevas habilidades ya que hoy, como nunca antes en la historia, la información está más disponible y accesible. Por el contrario, los trabajos del futuro, para los que tenemos que prepararnos hoy sin más demora, valorarán nuestra resiliencia y nuestra capacidad de adaptarnos a contextos cambiantes junto con aquellas habilidades que nos hacen humanos, aquello que la tecnología no puede –y difícilmente pueda algún día- imitar o reemplazar y que nos permiten aprender y funcionar en distintos escenarios. Una de estas habilidades es la capacidad de resolver problemas complejos, es decir, encontrar respuestas novedosas a situaciones difíciles. Igualmente, la creatividad humana será esencial y, por eso, los roles que la requieran no podrán ser fácilmente reemplazados. Por ejemplo, la sensibilidad estética es una de estas: si bien la tecnología puede aportar mucho al mundo del arte, la emoción contenida en una obra literaria o musical no puede provenir más que de la experiencia humana. Otra de las habilidades imprescindibles será la capacidad de pensar críticamente, de observar y reflexionar. Además, poder tomar decisiones que tengan en cuenta las consecuencias a corto y a largo plazo de las acciones será sumamente valorado; así como la negociación, y con ella la flexibilidad cognitiva, es decir, la capacidad de adaptar nuestra conducta a escenarios cambiantes.

La intuición y el contacto entre las personas también será insustituible. Nuestro cerebro es un órgano social. En ese sentido, las habilidades emocionales y sociales son esenciales para la supervivencia y para el bienestar, y estas no pueden ser trasladas a un robot ni a una computadora. Las máquinas pueden ser “más inteligentes” que nosotros en muchos aspectos, pero nunca lo van a ser en habilidades como la compasión, en imaginar qué piensa el otro y en entender que ese otro piensa diferente a nosotros, en sentir la alegría o el dolor ajeno.

Por eso, la empatía, entender lo que los demás sienten y necesitan, continuará siendo una cualidad esencial. La inteligencia colectiva, la capacidad de manejar equipos y de interactuar con otras personas, de comprender cómo se sienten y qué es lo que saben los demás, será fundamental para los trabajos del siglo XXI. Por más información estadística que una máquina pueda procesar, es improbable que detecte líderes, lidie con personalidades complejas y ayude a crear vínculos entre los miembros de un equipo.

Por más exposición a pantallas que estemos experimentando, la compañía y el cuidado amoroso del prójimo seguirán siendo un deseo y una necesidad, por ende, aquellos con la capacidad de brindarlos serán personas sumamente valiosas. En este mismo sentido, las maestras y los maestros serán irremplazables y tienen que ejercer cada vez más ese rol primordial que es el de inspirar, motivar y formar a las próximas generaciones no solo en estas habilidades necesarias sino también en los valores esenciales para vivir en sociedad. Las computadoras no podrán sustituir el valor del vínculo y la interacción entre quienes aprenden y quienes enseñan porque existe un componente social y emocional muy fuerte ligado a cómo procesamos la información, a cómo memorizamos, a cómo aprendemos.

En un mundo basado en el conocimiento necesitamos preparar a nuestros chicos y nuestras chicas en las habilidades cognitivas para el siglo XXI. La transformación educativa necesita de estilos de enseñanza dinámicos y flexibles, que se ajusten a las necesidades y desafíos presentes y futuros. Desarrollar la capacidad de “aprender a aprender” y habilidades como la lecto-escritura y el pensamiento lógico matemático, la resolución de problemas  junto al desarrollo de la creatividad, la empatía y la curiosidad, deben ser objetivos prioritarios en la agenda educativa. Mejorar la calidad y la relevancia de los contenidos y las estrategias educativas nos ayudará también a luchar contra la deserción escolar.

Pero no debemos descuidar el contexto. Necesitamos generar un contexto creativo en toda América Latina y el Caribe para lograr ser sociedades basadas en el conocimiento. Nuestro cerebro aprende fundamentalmente cuando algo nos motiva, nos inspira y nos parece un ejemplo. Necesitamos sociedades que valoren al conocimiento, al esfuerzo y a la perseverancia, con líderes  dignos de ser ejemplos para nuestros jóvenes. La revolución educativa y, la decisión clara de invertir en educación, es básico para el desarrollo de la región. Pero, para que la educación sea exitosa, necesitamos personas bien nutridas desde el embarazo, sanas, creciendo en ambientes saludables, con adecuados estímulos cognitivos, sociales y emocionales, y con posibilidades de proyectar un futuro en un contexto en donde el conocimiento sea también sinónimo de movilidad social ascendente.

Es indiscutible que debemos repensar nuestro sistema educativo. A pesar del esfuerzo cotidiano de docentes, trabajadores y trabajadoras de la educación, la escuela actual no prepara a los y las estudiantes para un mundo dominado por las ideas, la creatividad y la innovación. Pero además, en América Latina, aún si lográramos el mejor sistema educativo del mundo, si no aseguramos las condiciones para que los chicos y las chicas efectivamente aprendan, seguiremos en problemas. Porque pensar la educación como la mayor herramienta para la lucha contra las desigualdades implica pensar mucho más allá. Para que en nuestra región se pueda enseñar y aprender es necesario lograr un mínimo indispensable de bienestar y equidad.

Debemos prepararnos ya para vivir en este nuevo mundo. En momentos difíciles como el que estamos atravesando la equidad y la innovación educativa no son opcionales y no debemos permitir que se transformen en un lujo: son la clave para avanzar en justicia social, romper los círculos viciosos de crisis tras crisis y encaminarnos hacia el desarrollo verdadero y sustentable. Los recursos cognitivos y emocionales que permiten hacer frente a nuevos y complejos desafíos y desarrollar el potencial de cada persona harán la diferencia entre las naciones que prosperen y las que no. Hoy tenemos la oportunidad histórica de decidir de qué lado queremos estar y hacerlo posible.



Facundo Manes ¨Enfoque Educación¨ Banco Interamenricano de Desarrollo.

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